«El albergue que viaja»
Me esperaba un trayecto de más de ocho horas, en breve, aquel vagón de cuatro asientos se convertiría en una pequeña habitación de dos literas, coche cama lo llamaban. Suena genial ahora que vuelvo a pensarlo, pero todo el proceso para facturar, para hacer el check-in en aquella estación tan lejana a mi tierra me resultó realmente agotador; a lo que se sumaba el esfuerzo que supone tener que hablar en otro idioma.
No sentí el cansancio hasta que no coloqué mi equipaje y me senté por fin, caía la tarde; así que antes de convertir aquello en una especie de albergue efímero, decidí ir a la cafetería a cenar algo. Sentada en la barra noté cómo me preparaba internamente para llevar a cabo, de nuevo, toda la politesse que pedir un sándwich o un café en aquel país solía requerir.
El camarero llegó a mí: “Niña, ¿qué te pongo?”. Directo, cercano, cálido. Respiré aliviada, mis hombros se relajaron: ese buen hombre me había ahorrado un gran esfuerzo y, ahí dejé de sentir que estaba volviendo a casa, ya estaba en casa.