«El albergue que viaja«
Me esperaba un trayecto de más de ocho horas, en breve, aquel vagón de cuatro asientos se convertiría en una pequeña habitación de dos literas, coche cama lo llamaban. Suena genial ahora que vuelvo a pensarlo, pero todo el proceso para facturar, para hacer el check-in en aquella estación tan lejana a mi tierra me resultó realmente agotador; a lo que se sumaba el esfuerzo que supone tener que hablar en otro idioma.
No sentí el cansancio hasta que no coloqué mi equipaje y me senté por fin, caía la tarde; así que antes de transformar aquello en una especie de albergue efímero, decidí ir a la cafetería a cenar algo. Sentada en la barra noté cómo me preparaba internamente para llevar a cabo, de nuevo, toda la politesse que pedir un sándwich o un café en aquel país solía requerir.
El camarero llegó a mí: “Niña, ¿qué te pongo?”. Directo, cercano, cálido. Respiré aliviada, mis hombros se relajaron: ese buen hombre me había ahorrado un gran esfuerzo y, ahí dejé de sentir que estaba volviendo a casa, ya estaba en casa.
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«Soñando coreografías en el vagón del cercanías«
Transbordo en Embajadores y desde ahí tres paradas más. Esa fue mi rutina durante casi dos años. A la ida normalmente sola, a la vuelta con las chicas; nos reíamos, sobre todo, pero no solo. A la ida preocupada por el trabajo incansable que me esperaba, pero también ilusionada sabiendo la alegría con la que recibían los cuentos, las tardes de pizarra o esos legendarios partidillos en aquellas canchas desgastadas que nos prestaban. Me armaba de valor para una tarde más: los niños eran agradecidos y simpáticos, lo demás no era ni tan grato ni tan simpático.
En la Renfe a partir de Laguna sí podría encontrar algún sitio para sentarme: intentaba concentrarme en mi lectura, si no lo conseguía, en aquel viejo MP4 que mi hermano me había dejado (y que quizá aún sobrevive) sonaban Los Killers, Amaral, Bob Dylan, Janis, Quique... A Los Killers tenía muchas ganas de verlos en directo, pero todavía no ha podido ser. A Amaral la vería el verano siguiente por primera vez en concierto. Esos vagones me vieron leer, cantar mentalmente, soñar coreografías mientras escuchaba música; también me vieron mirar con angustia algunos mensajes en mi vieja Blackberry, alguna vez llorar y, a la vuelta, nos veían arroparnos unas compañeras a otras como buenamente podíamos después de aquellas tardes siempre intensas, a veces, tremendamente intensas.
Han cambiado el nombre a aquella parada de Renfe. La estación ahora se llama Maestra Justa Freire. Una maestra y pedagoga: qué casualidad, qué bonito, qué necesario.